Corría el año de 1781, cuando Juan Bautista Tupac Amaru rechazó las acusaciones de haber formado parte en la rebelión de un hombre que fue torturado y desmembrado en la plaza del Cusco. El caudillo que murió decapitado luego de ser jalado por cuatro caballos, José Gabriel, era su medio hermano.
En 1816, el patriota Manuel Belgrado promovió la declaración de la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, liberaban Argentina; y, de paso, propuso una monarquía que la dirigiera. Su candidato para el trono fue Juan Bautista Tupac Amaru.
En 1822, este peruano afincado en Buenos Aires recibió una pensión gubernamental de 30 pesos mensuales para escribir sus memorias.
Son 38 páginas que comienzan así: “A los 80 años de edad, y después de 40 de prisión por la causa de la independencia, me hallo trasportado de los abismos de la servidumbre a la atmósfera de la libertad, y por un nuevo aliento que me inspira, animado a mostrarme a esta generación”.
Ahora lo estoy leyendo, pasadas generaciones y generaciones, ansioso por desentrañar quién diantres fue esta sombra; un individuo que afirmaba descender del inca Huayna Capac, la persona que negó a su sangre cuando los estaban ajusticiando y casi fue rey.