Alice Munro (Canadá, 1931)

Concedido el Premio Nobel de Literatura por “su bien afinado arte de narrar historias cortas, caracterizado por un estilo claro y un realismo psicológico” (Academia Sueca)

Mi vida querida es un libro de Alice Munro que no solo reúne cuentos, ya que los últimos cuatro están más cerca del relato autobiográfico que de la narrativa de ficción. Así lo advierte la autora en la presentación de este cuarterto: “Creo que es lo primero y lo último —y lo más íntimo— de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida”. Son textos que se descuelgan de la memoria, una memoria que se remonta hasta la niñez antes y durante la Segunda Guerra Mundial, en el extremo de un pueblo en Canadá, tirando hacia el campo. Aquí un fragmento:

Más allá del río había un macizo de árboles de hoja perenne, tal vez cedros, aunque estaba demasiado lejos para distinguirlo. Y más lejos aún, en la ladera de otra montaña, en línea recta frente a la nuestra había una casa que de lejos parecía más bien pequeña, a la que no íbamos nunca ni conocíamos, y que para mí era como la morada de los enanos de los cuentos. Sabíamos, sin embargo, cómo se llamaba el hombre que vivía allí, o que había vivido en otra época, porque a esas alturas quizá hubiera muerto. Roby Grain, se llamaba, y no tiene ningún otro papel en lo que ahora escribo, a pesar de su nombre de ogro, porque esto no es un cuento, tan solo es la vida.

Mi vida querida. Traducción de Eugenia Vásquez Nacarino. Lumen, 2013.

Dos elementos marcan estas memorias de Munro: la ambigüedad con que recuerda lo sucedido y la huella de la naturaleza en su crecimiento. Por un lado, ella no es la notaria de sus remotas vivencias, afanosa por consignar de modo inapelable cuanto de significativo ocurrió en su colegio o en su casa o en la interacción con gente de su comunidad; también olvida, se refuta, repite un dato anecdótico. En vez de pretender convencernos con su relato, lo que hace es ofrecernos su pasado. Eso tan vibrante que tiene la literatura de traspasar la experiencia individual de quien escribe para convertirse en una individualidad que importa a quien lee. Por otro lado, Munro aporta detalles, abunda en detalles como los olores, las texturas, los sabores, pormenores con los cuales genera una atmósfera que es proclive a lo imprevisto; en sus páginas de costumbres locales y hechos convencionales, algo acecha. Eso que acecha es, simplemente, la fragilidad de la vida: la enfermedad, la ruina económica, el advenimiento de la muerte; y su contrapeso para esta acechanza es la persistencia del entorno: en la experiencia diaria de esta niña están los árboles de la calle, que puede nombrar; el paisaje montañoso, que admira a la distancia; la visión del río, con su rol para el trazado del campo y el pueblo, que a esa edad equivale a configurar los límites de su universo.

La memoria de Munro es un corazón memorioso, ya que en este cuarteto de calado autobiográfico predominan los afectos. Junto a la madre profesora que anhela un status que no conseguirá, al padre que emprende un negocio y otro con dispareja suerte, a la hermana con quien comparte una habitación que les queda cada vez más pequeña, a los compañeros de colegio que no dejan de acosarla, a la amiga de la familia que es una personalidad emancipada de los prejuicios ajenos, a la anciana que ronda la casa donde alguna vez vivió; junto a todos, la niña de estas historias mira y relata, escucha y relata, protagoniza y relata, un apropiarse de los demás con palabras e inventiva que conlleva un acostumbrarse a quererlos. Querer a los otros, por encima de sus silencios y hasta la dureza de su trato.

Esta literatura de Munro invierte el proceso contemporáneo de la humanidad: si en las últimas décadas las personas han despoblado el campo para habitar en las ciudades, los conflictos que tejen sus páginas son un imán hacia el ámbito rural, como quien mira un retorno a los orígenes. ¿No es una sensación a escala de la que tuve años atrás, cuando ante la majestuosidad de un paisaje altoandino quise comprarme un terreno ahí, entre los eucaliptos y la laguna; adquisición que se quedó en deseo? Su escritura es aquel horizonte que atrae. El encantamiento de Munro es tal que genera una incomodidad por la vida urbana, aunque nunca tenga la intención de cuestionarla; como si habitar una capital de país o una megalópolis fuera una tergiversación de la existencia.

Munro es una alquimista en las cuatro últimas piezas de Mi vida querida: su memoria personalísima se convierte en la narración donde nos gustaría reconocernos. Toda gran autobiografía es una trasferencia de la intimidad: anhelar lo que en verdad no haríamos y extrañar lo que no tuvimos.