Mo Yan (China, 1955)

Concedido el Premio Nobel de Literatura a “quien combina los cuentos populares, la historia y lo contemporáneo con un realismo alucinatorio” (Academia Sueca)

Relatar una vida a partir de su momento de quiebre, en la época escolar de la pobreza e incertidumbre, es lo que hace Mo Yan en Cambios; y lo realiza desde la fama literaria del presente, que guía el contrapunto con las vicisitudes del pasado. En esta novela predomina la visión retrospectiva de quien rebasó sus ilusiones juveniles, por lo cual el tono de la narración tiende a ser festivo; incluso los mayores desafíos están arropados de cierta ternura y equilibrados por el humor.

Era 2012, cuando este novelista chino que publica con seudónimo —puesto que Mo Yan no es su nombre, sino el acertijo que eligió para su voz literaria: “No hables” es lo que significan esas dos palabras— ganó el Premio Nobel de Literatura. En aquel entonces yo vivía en el Perú y recuerdo que su obra no estaba difundida ni se encontraban sus títulos en las librerías de Lima; sin embargo, yo tenía uno: Sorgo rojo. Lo había comprado años atrás, de segunda mano y a precio de remate porque estaba apolillado; aquella remota lectura adoptó un valor de novedad en la coyuntura y aproveché para ofrecer una colaboración en la revista Buensalvaje, donde quería escribir. Aporté una reseña, confiando en que me harían un espacio porque nadie más se comprometería a lo mismo; mi texto fue acogido y sentí como si ganara por “walkover”… lo importante aquí no es la ausencia de rival o contendor, sino la victoria.

El sentido de oportunidad conque prometí la reseña de Sorgo rojo, la novela más ambiciosa y consagratoria de Mo Yan, es similar al que intenta el protagonista de Cambios desde que lo botan del colegio. A él lo dejan fuera de una institutción educativa por una indisciplina que no comete. Aquí un fragmento:

Tan poca cosa era yo que, aun sabiendo perfectamente que el profesor Liu había anunciado mi expulsión a todo el mundo por megafonía, a mí la escuela seguía gustándome, y seguía yendo allí todos los días con mi vieja mochila a ver si tenía ocasión de colarme. Al principio, el profesor Liu se ocupaba personalmente de echarme y, cuando me negaba a obedecerle, me agarraba por la oreja o por el pelo y me arrastraba hasta fuera; pero yo volvía a deslizarme dentro antes de que él hubiera regresado a su despacho.


Cambios. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard. Seix Barral, 2012.

El hecho es que expulsado está y no podrá seguir con su formación; con ello, se extinguen sus anhelos de ir a la universidad. Recién iba en quinto de primaria, cuando le toca pensar en su futuro de un modo radical: aceptar que su vida seguirá los patrones ancentrales de la rutina agrícola o se marcha para buscarse posibilidades inéditas. Hace lo segundo, y las peripecias con que cambia su destino son las historias que pueblan la novela; quizá las más emotiva es aquella en que, montado en un camión Gaz 51 fabricado en la Unión Soviética, llega a Pekín.

Mientras va creciendo, se afianza en él la vocación de escribir; una vocación que avanza en paralelo a sus intentos de una carrera en el ejército, a sus intentos de un oficio de mecanico y conductor, a sus intentos de ser instructor en el ámbito militar; todo puede ser y no es hasta que asume que la literatura está por delante. Y con la literatura, llegan algunas decepciones y alcanza un éxito rotundo.

Cambios es la novela, también, de las cambios que sacuden a dos compañeros que tuvo el protagonista en el colegio: He Zhiwu, un chico problemático que deja la escuela para cruzar fronteras hasta Mongolia bajo la convicción de volverse rico, y Lu Wenli, la bella deportista que nunca sale del pueblo y se marchita. En ambos confluyen virtudes y defectos que, cruzados como reflejos en un espejo, engendran desgracias y parabienes.

Este mundo que presenta Mo Yan no es racional y lógico, sino azaroso por encima de cualquier tenacidad individual; es un laboratorio que magnifica lo pequeño: acciones concretas de lo doméstico producen efectos que transforman la existencia de la gente. Y las personas son un amasijo de prevención y decisión; aunque algunas, además, toman la realidad como un brazo de ese cuerpo de creencias que es la superstición. Bien lo sabe el protagonista, que narra su ascenso estelar con relación a los demás desde una ironía feliz.