Dario Fo (Italia, 1926-2017)

Concedido el Premio Nobel de Literatura “por emular a los bufones de la Edad Media en la autoridad flagelante y por defender la dignidad de los oprimido”  (Academia Sueca)

Cincuenta años después de comenzar a escribir y actuar en el teatro, Dario Fo obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Su carrera, marcada por la comedia, la farsa y la sátira no es una historia solitaria; mucho de lo que hizo fue posible gracias a la colaboración de Franca Rame, su esposa. No hay ladrón que por bien no venga es una de estas obras. Aquí, el humor y la tensión dramática dependen de la interacción de tres matrimonios que van apareciendo en la escena poco a poco, luego de que sucede una situación estrafalaria: suena el teléfono de la casa donde un ladrón ha ido a robar. El fragmento es este:

El ladrón saca de su chaqueta el auricular, lo levanta con cautela y lo acerca al oído; luego lo sacude repetidamente y oye un lamento.

Ladrón. ¡Oh! ¡Por fin!

Voz. Ohhh… por fin… ¿Con quién hablo?

Ladrón. (Otra vez sorprendido). María… ¿eres tú?

Voz. Sí, soy yo, pero ¿por qué no contestabas?

Ahora, iluminada por un foco, aparece en una zona hasta ahora oscura del escenario la figura de la mujer que habla por el teléfono.

Ladrón. ¡Estás loca! ¿Ahora me llamas incluso al trabajo? Imagínate si llega a haber alguien en casa, en menudo lío me habrías metido.

Mujer del ladrón. Pero si tú mismo me has dicho que los propietarios están en el campo…

No hay ladrón que por bien no venga y otras comedias. Traducción de Carla Matteini. Siruela, 1998.

El ladrón, hombre de familia, tiene la costumbre de brindar a su esposa las referencias del lugar donde robará. Ella, mujer preocupada, telefonea para asegurarse de que todo va bien en la casa señorial que piensa desvalijar. Esta llamada es interrumpida por la llegada de una pareja, dos personas que hablan o quizá discuten desde el momento que trasponen la puerta. A partir de ahí comienzan los enredos y las confusiones, crecen las falsedades y se pactan los ocultamientos. De tres personajes pasan a cuatro en la sala, a cinco, a seis…

La primera vez, y quizá única, que he visto una representación de carácter dramático en italiano fue el año 2007 en Florencia… apostaría que fue un jueves. El director de cine Roberto Benigni, que llevaba una década de éxito internacional por La vida es bella y que para recibir el Óscar se subió literalmente en los hombros de Steven Spielberg, interpretó cantos de La divina comedia de Dante Alighieri; con toda su potencia actoral dio vida a múltiples personajes del siglo XIV en espacios públicos del siglo XXI, y es que, una performance teatral no se limita al texto: es una puesta en escena.

Nunca he visto un montaje de No hay ladrón que por bien no venga, pero con leerla se rescatan varias cuestiones básicas: el ladrón no roba nada; incluso, él encarna una ética delictiva que lo ubica por encima de los demás en cuanto a rectitud y cierta base de honestidad. No es que la pieza teatral glorifique la trayectoria criminal, sucede que los efectos de esta práctica nocturna son menos perniciosos que las mañas noctámbulas de los otros personajes. Por lo menos, el ratero es sincero al declarar que su trabajo consiste en llevarse lo ajeno, procurando siempre que el daño sea exclusivamente material; no hace más que apropiarse de objetivos. El resto, en cambio, hace lo mismo pero con personas.

A diferencia del ladrón y su esposa, que se quieren y se celan, que se gritan y se miman, los otros dos matrimonios se engañan entre sí. A la realidad de estos pobres diablos que delinquen para mejor vivir, se oponen las apariencias con que el resto presume su opulencia; incluso, se va gestando el acuerdo implícito de admitirse algunas medias verdades para mantener el estatus de pareja. Aquel resignado instante en que una persona decide mentirse a sí misma.

No hay ladrón que por bien no venga arremete contra la payasada de una existencia aburrida de sus comodidades y que busca el vértigo pasional en la artimaña, la trampa; y lo hace jugando: tanto con el lenguaje, desde el título, como en los incidentes que enlazan a un personaje con otro. Es el arte de Fo, en maridaje con Rame. Así, la obra despliega su firmeza crítica desde el trampolín teatral de las confusiones jocosas; donde pudo ensayarse la moralina más añeja y el juicio más ceñudo, se impone el horizonte regenerador de la travesura creativa.