Kenzaburo Oé (Japón, 1935)

Concedido el Premio Nobel de Literatura a “quien con fuerza poética crea un mundo imaginario, donde se condensan la vida y el mito para formar una imagen desconcertante de la condición humana de hoy en día” (Academia Sueca)

La breve novela sobre un niño que se precipita a la adultez luego de una experiencia que desbarata su inocencia, eso es La presa de Kenzaburo Oé. También es la historia de cómo una guerra mundial se incrusta en las rutinas de una aldea japonesa y el modo en que sus pobladores se resisten a cambiar, hasta que cambian.

Mientras leía La presa, recordé una anécdota de mi tía María Isabel Arrué. Ella, junto al ingeniero canadiense que es su esposo, se mudó un tiempo a Sudáfrica. Eran los últimos años de la década del setenta en el siglo XX, plenitud del apartheid. La sociedad a la que llegaron estaba dividida racialmente y dominada por blancos, quienes ejercían un sistema de segregación sobre el resto. A mi tía María Isabel le sorprendió el estatus que asignaban a los japoneses, cuya etnia no es caucásica: considerados blancos honorarios porque movilizaban dinero y emprendían inversiones; de ser otros, pasaban a estar incluidos en la infamia. En la novela de Oé, la trasgresión sucede de modo inverso: una exclusión desde la bestialización.

Un avión de combate se estrella cerca de la aldea donde vive el protagonista de La presa, un pequeño que no tiene más compañía que su padre, su hermano menor y un amigo para las travesuras. El único sobreviviente del accidente es un soldado negro que es capturado por los pobladores y trasladado a un depósito hasta que las autoridades de la ciudad dispongan qué hacer con él. Más que un prisionero, es percibido como una fiera que perturba. ¿Llegarán a considerarlo una persona? Aquí el fragmento:

—¿Crees que la policía subirá hasta aquí?

—No lo sé —masculló—. Hasta que el gobierno civil esté informado, no se puede decir nada.

—¿No podríamos seguir cebándolo en el pueblo? —dije—. ¿Crees que es peligroso?

Mi pregunta tropezó con un mutismo deliberado. Reviví mentalmente la sorpresa y el espanto de la noche anterior, cuando trajeron al soldado negro al pueblo. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento en su bodega? Se escapará de ese agujero, y matará a todos los habitantes y a los perros de la aldea y prenderá fuego a las casas. Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo, y me esforcé por no seguir pensando en ello. Adelanté a mi padre y bajé corriendo la prolongada pendiente hasta quedarme sin aliento.

La presa. Traducción de Yoonah Kim. Anagrama, 1994.

Pasan los días y nadie ofrece una solución desde la ciudad, pasan los días y los pobladores no tardan en regresar a sus usanzas laborales: pescar, cazar…; me refiero a los mayores, porque es diferente con los menores. Si la cautividad del soldado se ha normalizado entre los adultos, para los niños de la aldea esa presencia es un aprendizaje de sus emociones: del miedo van a la curiosidad, de la curiosidad pasan al anhelo de interactuar con él.

La niñez del pueblo llena su tiempo jugando de dos modos: con cierta violencia entre pares y con la exploración de sus cuerpos como una forma de descubrimiento; es la cotidianeidad en que incorporan a un soldado cuya figura los impresiona. En la presa distinguen a un ser distinto, que anhelan domesticar como si fuera un animal silvestre: las diferencias superan la cuestión de un color de piel que nunca han visto en esa vida apartada en el Japón rural, va hacia el idioma que no comparten, solo lo oyen gemir o gruñir en vez de articular palabras, y su inmensidad, cuya desnudez contemplan cuando se baña y que los interpela a una edad en que siguen configurando la imagen de sí mismos.

En esta novela, minuciosa y golosa por los detalles, se desmenuza la experiencia de interactuar con un extraño como si fuera otra especie, en un nivel hondísimo de incomprensión e incompatibilidades hasta que la familiaridad genera los nexos de humanización. La presa, distante y rendida, luego furiosa y herida, después dócil y complaciente, pasa de ser objeto de incertidumbre a ser sujeto de confianza… y es en este contexto que la maestría de Oé lleva su ficción al límite: la tragedia. Es de la tragedia que germina la madurez.