Toni Morrison (Estados Unidos de América, 1931)

Concedido el Premio Nobel de Literatura a “quien en novelas caracterizadas por fuerza visionaria y sentido poético, da vida a un aspecto esencial de la realidad estadounidense” (Academia Sueca)

Nunca había leído, hasta ahora, una sola página de esta escritora. Y elegí conocerla a través de un libro que tiene como eje su memoria, tanto de lo vivido como lo biobliográfico, de lo investigado como lo anhelado. El título es El origen de los otros.

Esta serie de conferencias de Toni Morrison comienza con el recuerdo del día en que conoció a su bisabuela, ochenta años atrás. Aquella mujer, a la cual los hombres recibían de pie, la evaluó con desaprobación racial; su bisabuela, profundamente negra, señaló que Toni Morrison y su hermana eran niñas alteradas. Alguien diferente, y esta diferencia en ascendencia o de color de piel era negativa. Un instante de confrontación que sacude la existencia de la pequeña y marcará su visión del mundo en torno a combatir toda idea de pureza étnica en las personas.

En El origen de los otros, Toni Morrison se remonta al pasado histórico para cuestionar la idealización de la esclavitud y se instala en el presente para ensanchar significativamente la noción de extranjero; en el medio, aborda la situación del negro con respecto al blanco en Estados Unidos. El caso más tremendo es el que relata para evidenciar la infamia colectiva. Aquí el fragmento:

Veamos qué sucedió en 1946. Ese año, Isaac Woodard, un veterano de guerra negro que aún vestía de uniforme, bajó de un autobús Greyhound en Carolina del Sur. Volvía a Carolina del Norte para reunirse con su familia. Había pasado cuatro años en el ejército, en el llamado “teatro del Pacífico” (donde lo habían ascendido a Sargento) y en la zona de Asia-Pacífico (donde había recibido una medalla de la victoria en la Segunda Guerra Mundial y una medalla de buena conducta). Al hacer el autobús una parada para descansar, Woodard preguntó al conductor si había tiempo para ir al servicio. Discutieron, pero recibió el permiso que solicitaba. Después, cuando llegaron a Batesburg, el conductor llamó a la policía para que sacaran al sargento Woodard del vehículo (al parecer por haber ido al servicio). El jefe de la policía, Linwood Shull, se lo llevó a un callejón cercano donde otros agentes y él sacaron las porras y le dieron una paliza. A continuación lo metieron en la cárcel, detenido por alteración del orden público.

El origen de los otros. Traducción de Carlos Mayor. Lumen, 2018.

Y esto no fue lo único. Al sargento del ejército estadounidense de regreso en Estados Unidos la policía le reventó los ojos en la prisión y un juez lo declaró culpable. Cuando su familia dio con él, tres semanas después, ya estaba ciego. Toni Morrison sospecha que este caso fue tan sonado porque el sargento era un hombre condecorado y de reconocida trayectoria; en suma, su tragedia no es la de un negro cualquiera en su país.

En este libro, Toni Morrison aborda la fuente y las manifiestaciones de eso que culturalmente imposibilita que unos formen parte de un nosotros apreciado, consistente y hasta inclusivo; por el contrario, lo que subyace al señalamiento y los rechazos. ¿Y cuáles son las referencias para estos debates, además de sus recuerdos y lo que sucede a otras personas? Sus referencias están en la literatura, tanto en las novelas que ha escrito como en aquellas paradigmáticas que analiza; por ejemplo, La cabaña del tío Tom de Stowe o El corazón de las tinieblas de Conrad.

En El origen de los otros se va de la negritud a la foraneidad, ese modo de no ser en una patria ajena, bajo el hilo conductor de una memoria que es anecdótica y especialmente libresca. Toni Morrison es una humanista que lee con afición crítica y, desde esas páginas que exprime con vigor introspectivo, sacude a la sociedad por sus vicios más hediondos: aquellos que nos desunen. Sin caer en el cinismo desde el escepticismo, cabe preguntarse si la narrativa universal le endosará algún sosiego a esas personas del África subsahariana que veo en el Paseo Joan de Borbó en Barcelona, gente que tira sus mantas para vender en la calle cuando no huye de los guardias; por lo menos, una brizna que supere la brisa evocativa de ese Mediterráneo que surcaron en pateras para llegar hasta aquí… Con todo, esta mujer de casi noventa años mantiene ilesa su convicción por la literatura como herramienta para redimir a la humanidad; ella, que ha experimentado tanto, cifra su confianza en lo básico: la palabra escrita. Y escribiendo, intenta probarlo.