Naguib Mahfuz (Egipto, 1911-2006)

Concedido el Premio Nobel de Literatura, pues “a través de obras ricas en matices — a veces con clarividencia realista, y a veces evocativamente ambiguo— ha formado un arte narrativo árabe que se aplica a toda la humanidad” (Academia Sueca)

Hacía mucho tiempo que no leía un libro de un día para otro. Esto me ha sucedido con Café Karnak, una novela que se acerca de puntillas a un joven rebelde, tanto para desentrañar los rumores sobre él como para conocer sus vicisitudes; y este acercamiento es posible a través de cuatro personajes y las heterogéneas relaciones que establecen, desde el romance a la tragedia.

En primer lugar, la dueña del café: Qaránfula. Ella, más que una persona, es una leyenda. Su fama se remonta a décadas atrás, en que fue actriz y una bailarina que rompió con las convenciones; ahora administra su negocio como si fuera una madre que acoge a los hijos pródigos de la ciudad: ya sean jubilados o universitarios. También están Ismael al Sheij y Zainab Diyab, una joven pareja que frecuenta el Karnak para convesar con su grupo sobre la revolución y el futuro de Egipto; ambos encontraron en la educación un escape de la miseria en sus respectivas familias y ambos pasan de la confrontación con las palabras a la acción clandestina. Y con ello, la represión. Aquí un fragmento:

—Le dije a Jalid Safwán: ¿por qué sospechas de nosotros? ¿No ves que somos hijos de la revolución y que le debemos todo? ¿Cómo puedes acusarnos de enemigos?

—Esa es la excusa del noventa y nueve por ciento de los enemigos —dijo con frío sarcasmo.

Me habló de su antigua fe en la revolución, asegurando que el arresto no había tocado la esencia de sus creencias.

—Sentíamos que éramos fuertes, que teníamos una fuerza infinita. Pero después de la detención, nuestra fuerza recibió un duro golpe y perdimos gran parte de valor y confianza en nosotros mismos y en nuestro tiempo. Descubrimos la existencia de una fuerza terrible que actuaba completamente al margen de la ley y de los valores humanos.

Café Karnak. Traducción de M. Luisa Prieto. Ediciones Martínez Roca, 2001 .

El cuarto personaje es Jalid Safwán, perseguidor de Ismael al Sheij y Zainab Diyab, mejores amigos del joven rebelde que transita la novela como una figura sugestiva y a la vez fantasmal: Hilmi Hamada; de este muchachco se enamora Qaránfula y por él sufre.

En Café Karnak hay rutina amical y camaradería hasta que sobreviene el recelo, con su tanta incertidumbre; finalmente, se impone la traición. Este lugar, donde todos confluyen, es un microcosmos de luz que se va ensombreciendo, tal como sucede con Qaránfula: de la sabiduría pasa a la ignorancia y de la felicidad a la desdicha; algo similiar ocurre con Ismael y Zainab, que de un amor ensamblado por las confidencias se trasladan al silencio, que se mounstrifica entre los dos. Sin embargo, lo de ellos es poco en comparación con lo que arrastra a Hilmi Hamada.

Es admirable el estilo de esta novela, como un trapecista que oscila entre la sencillez y la artificialidad, asomándose con un candor fatídico al abismo que hay entre el coloquialismo de los diálogos y la hondura reflexiva. No obstante, leer Café Karnak fue menos que leerla. Al recorrer en español los párrafos que dejó en árabe Naguib Mahfuz, sobreviene la sensación de que algo del ritmo y la sintaxis se resiste a la traducción, por más buena que sea; a fin de cuentas, una lengua que se traza de izquierda a derecha no trasluce la misma intimidad que otra hilada de derecha a izquierda.

A lo mejor un día toco la puerta de Simo, mi vecino magreví del primero, y lo convenzo de que lea para mí una versión de Café Karnak en su lengua; no sabré lo que dice pero sí cómo suena desde su raíz. Ahí completaré mi experiencia de la novela: percibiendo la intensidad original de aquella voz que subyace a la historia.