¿Y si contamos la historia de un muchacho de 12 años, de 12 a 14 años oriundo del norte del Perú? Un chico que creció entre algarrobos y burros, pero en vez de pensarse anclado al suelo mira siempre hacia el horizonte, como queriendo encontrarse en el cielo o el mar.
Este muchacho habría nacido signado por los astros: vino al mundo el año en que el cometa Halley volvió a pasar cerca de la Tierra. Su padre, un extranjero de nombre Juan Manuel que llegó de Colombia para luchar por la independencia del Perú, le enseñaría que siempre hay que caminar con pie firme y mantener la vista altiva; no obstante, él se acostumbró a levantarla todavía más alto para recorrer con los ojos el sendero que forman las estrellas y contemplar la luna espléndida que ilumina la orilla donde pasa horas, horas soñando con aventurarse entre las olas. Él anhela estar a pie firme, pero azotado por las correntadas de los océanos en una embarcación famosa.
El mundo está cambiando, y este chico lo sabe. Ha crecido avistando centenares de barcos frente a las costas de Paita, cientos en un solo día bajo una misma finalidad: cazar ballenas. Estos cetáceos, que viven en promedio lo que dura un ser humano, son fuente de riqueza y el factor de sus esperanzas de gloria. De una sola ballena se obtienen 1330 galones de aceite, y con este aceite se mueve el planeta. El muchacho lo sabe, y desea cazar ballenas. Mientras dejaba la infancia y pasaba a la adolescencia, su comercialización ha crecido; se habla de cifras astronómicas: en el Pacífico peruano se han conseguido 41 millones de galones de aceite de ballena. Él hace cálculos y calcula: implicó la matanza de 31 000 animales.
Si alguien colocara todas esas ballenas abiertas y podridas en una fila macabra, conseguiría una línea continua que iría desde esa Paita que tanto quiere hasta el famoso muelle de Huanchaco, en Trujillo: unos 473 kilómetros que se pondrían ver, cual Muralla China, desde el espacio.
El muchacho busca la gloria y el éxito, y estos se consiguen cazando ballenas. A los 12 años es aceptado como ayudante en el “Oregon”, un barco ballenero capitaneado por el curtido Theodore Whimpenny. Pasa casi dos años a su lado, desde la Polinesia hasta las islas Galápagos (esas en que Charles Darwin redefinió nuestra especie) antes de volver con sus padres,jua y ser otro.
La historia que podríamos contar no solo narraría las matanzas de cetáceos y la acumulación de su aceite, además del esperma y las barbas, también trataría sobre los albores de la globalización a partir de las flotas navieras que daban la vuelta al mundo como un insecto que poliniza una y otra flor; y trataría también sobre la revolución industrial y el advenimiento del petróleo, que ha hecho más por reducir el sacrificio de ballenas que la voluntad humana.
Esta sería la historia de un muchacho de 12 años, de 12 a 14 años que llegaría a ser héroe; y quizá labró su donosura en la cubierta del “Oregon”, mirando su futuro desde la proa de este barco inagotable que ya había orillado en Estados Unidos, Rusia y Hawái.
Esta historia se llamaría, simplemente, “Miguel Grau, cazador de ballenas”.