| Entrevista a Juan Manuel Chávez para el semanario “Vista Libre” (Arequipa) |

Conversación con la periodista Katherine Medina Rondón

1. ¿Cómo se pasa de estudiar ingeniería civil a literatura, siendo estas dos carreras tan disimiles?

Quizá porque la ingeniería civil fue, solamente, un paréntesis de algunos años a mi gusto por las historias contadas. Mi papá, que creció en el campo, avivó mis mañanas de colegio con los relatos de su niñez en Cajamarca. Cuando acabé la secundaria, me parecía obvio y hasta sencillo estudiar en la Universidad Nacional de Ingeniería porque me venían bien los números; eso era una profesión y no un divertimento con anécdotas familiares. Sin embargo, al cabo de cuatro ciclos de estilógrafos y cálculos matemáticos me fue dominando el anhelo de componer relatos; además de buscar tantos otros mediante la lectura. Me armé de valentía y volví a las historias, ya no para que me las narren oralmente sino para contarlas por escrito.

2. Entre tus publicaciones encontramos novelas, cuentos e inclusive ensayos, ¿por qué aventurarte a escribir un libro para niños?

Quería abordar la historia de un personaje que se percibe de una manera y desea verse diferente, lo cual es un debate introspectivo que suele originarse en la adolescencia, incluso antes; esas etapas en que las personas iniciamos la batalla con nuestra autoestima. Entonces, decidí que el libro fuera el compañero no solo de los adultos, sino de niños y niñas que asumieran la aventura del rinoceronte como la de sus propios devenires entre los demás.

3. ¿Era tu intención primigenia abordar el tema de la identidad con esta publicación?

La identidad, así como la migración y lo extranjero, es un tema algo transversal en mi escritura. La derrota de Pallardelle (2004), mi primera novela, trata de un español que intenta congraciarse con su Corona y la Iglesia durante el virreinato; mi investigación La Guerra del Pacífico y la idea de nación (2010) procura desentrañar qué es lo peruano en medio de un conflicto fratricida; mi trabajo Un idioma para la integración social (2013) devela la experiencia lingüística de africanos y asiáticos en una Europa caída en crisis; El barco de San Martín (2016), mi novela más reciente, esboza la figura de quien proclamó nuestra independencia, ya viejito y evocando sus mayores desafíos. Me interesa la identidad como una arcilla que varía y muta, no como un mármol que cimenta nuestra personalidad; la identidad en inagotable tránsito, frágil y resbaladiza. Supongo que a partir de la identidad, giraré al sondeo literario de la ciudadanía, tanto en los linderos de la seguridad, cuando se goza de plenos derechos, como del miedo, cuando uno es foráneo sin papeles y con hambre.

4. ¿Qué representa la metáfora del unicornio en este cuento?

El unicornio es lo ilusorio; algo que es engañoso e irreal. El rinoceronte de mi libro mira su reflejo y se ve regordete y oscurón. Si bien tiene cuatro patas y un cuerno, no es esbelto ni blanco como un unicornio, que tiene fama de hermosuras y gallardía. Tito, el rinoceronte, quiere ser unicornio con la intensidad de su candidez; y esto es equivalente, por ejemplo, al deseo de tantas jovencitas mestizas de nuestro país que terminan arrastradas por los patrones estéticos de los catálogos de ropa o las revistas de moda. Al igual que Tito, están las que anhelan ser como esas modelos, delgadas de espalda, cintura y pantorillas; claritas de piel y con narices rectas. Algo peligrosamente artificial, como cualquier producción fotográfica del Photoshop, para la autoimagen que tantas chicas y muchos más construimos de nosotros.

5. Las delicadas ilustraciones de Daniella Graner aportan significativamente al texto. ¿Fueron construidas en base a pautas específicas?

El arte de Daniella tiene marcas distintivas: personajes un poco rechonchos, caras sonrosadas y ambientes donde predomina la ternura; a estos yo sumé un pedido sustancial: que el libro trasmitiera una sensación chinesca. Buscaba que la imaginación de quien leyera El rinoceronte que quería ser unicornio fuera llevada hacia el otro lado del mundo para que, desde lejos, notara que los desencuentros de la ficción reflejan sucesos que le suceden en la realidad. Empatía con la historia como si fuera una liga que la ilustradora y yo estiramos al máximo hasta China, con la finalidad de que al soltar el libro a su público la liga se comprima fuerte y se ponga estrechita para conectar con lo íntimo de las sensibilidades.

6. Finalmente, quiero preguntarte sobre tu eventual retorno al Perú. ¿Qué es lo que hace que vuelvas a una ciudad tan caótica como Lima?

Dice el escritor Fernando Iwasaki que mi relación con Lima es un amor masoquista. La capital del Perú es la ciudad donde nací, y con ello me invento motivos para regresar; no obstante, es también el lugar al cual he dedicado un libro completo (Limanerías, 2012). El caos de recorrer tres horas de ida y vuelta en transporte público para llegar al trabajo es un problema mayúsculo para muchos; pero yo gozo de un privilegio que atesoro: circular las calles en bicicleta o a pie y sin angustiarme por la vida laboral. Además de urbe, para mí es un panorama literario. Parte de mi estilo está marcado por los rasgos constitutivos de Lima: la huachafería y lo barroco; mi sentido del humor es limeñón y mi trato con las personas es alimeñado. A estas alturas de mi vida, lo singular no es que retorne a Lima, donde la paso de maravilla, sino que me siga yendo tantas veces. Fuera de ser masoquista, mi amor es bastante ingrato.